Okinawa, Japón

Escrito por
Selena Takigawa Hoy, Lonely Planet

16 Septiembre 2026
4 min de lectura
© Ippei Naoi/Getty Images
Kayak en una cueva marina, Miyako Island, Okinawa, Japón

Es comprensible que muchos viajeros que ya han visitado Japón no se hayan desplazado hasta Okinawa: la prefectura más meridional del país está a 3 h de vuelo de Tokio y queda fuera del cómodo circuito del shinkansen (tren bala). Pero merece la pena replanteárselo, porque quien vaya descubrirá lo que la mayoría de los japoneses ya sabe: este archipiélago es un paraíso subtropical con una cultura propia, una naturaleza exuberante y un ambiente relajado que invita a olvidarse del estrés de la vida en el Japón 'continental'.

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✩ Un rincón de Japón con personalidad propia.

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Un archipiélago rebosante de vida

Las 160 islas que forman la prefectura de Okinawa se extienden como las cuentas de un collar desde Kyūshū hasta Taiwán, brillando como esmeraldas sobre un mar de un intenso color azul. Solo 49 de ellas están habitadas, empezando por la isla de Okinawa, donde se encuentra Naha, la capital. La mayor parte de los 1,4 millones de habitantes de la prefectura vive en esta isla, que pasa del densamente poblado sur al salvaje Parque Nacional de Yanbaru, declarado Patrimonio Mundial por la Unesco, en el extremo norte, una región cubierta de espesos bosques y escasamente poblada… al menos por seres humanos.

Una tarde recorrí en kayak los manglares del Yanbaru bajo un cielo ya oscurecido, acompañada por un guía naturalista que me explicó la importancia ecológica de estas intrincadas redes de resistentes árboles costeros, capaces de filtrar el agua y proteger el litoral de la erosión. Mientras remábamos, nos señaló cangrejos y peces del fango deslizándose sobre la superficie, mientras las luciérnagas comenzaban a iluminarse, reflejando el cielo estrellado que se extendía sobre nuestras cabezas.

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Kayak en la isla de Iriomote.© Ippei Naoi/Getty Images

La naturaleza es extraordinaria en todo el archipiélago. El amenazado gato de Iriomote se mueve sigilosamente por los bosques del Parque Nacional de Iriomote-Ishigaki, en las islas Yaeyama; piñas y papayas endulzan la gastronomía local; y mantarrayas y tortugas marinas nadan entre vibrantes arrecifes de coral a pocos metros de la costa. Yo aprendí a hacer esnórquel por primera vez en la Cueva Azul, en el cabo de Maeda, en la isla de Okinawa. Empecé avanzando con cautela por las tranquilas aguas protegidas, mientras la vida submarina iba revelándose pez tras pez. Al entrar en la cavidad de piedra caliza de la Cueva Azul, la luz cambió por completo: una luminosa mañana de verano se transformó de repente en un paisaje casi irreal, donde peces loro, morenas y peces ballesta titán brillaban bajo la superficie azul zafiro.

Durante el invierno, las ballenas jorobadas se aparean y crían a sus ballenatos entre las islas Kerama, donde saltan y juegan en pequeños grupos. Con un poco de suerte también se puede avistar el rascón de Okinawa, incapaz de volar, o el dugongo, un tranquilo mamífero marino parecido al manatí. Ambas especies, en peligro de extinción, encuentran aquí uno de sus últimos refugios.

Tras las huellas del Reino de Ryūkyū

Los aficionados a la historia también encontrarán mucho para descubrir, como los castillos y ruinas del Reino de Ryūkyū, que gobernó estas islas durante más de cuatro siglos, entre 1429 y 1872, antes de ser conquistado e incorporado al Imperio de Japón. En una de mis visitas participé en una clase de yoga en el Nakagusuku-jō, estirándome entre las hierbas mecidas por el viento junto a las elegantes murallas de piedra que aún se conservan de esta antigua fortaleza. El parque del castillo se alza sobre una colina y ofrece unas vistas majestuosas de la localidad y del mar. Varias décadas más tarde, durante la II Guerra Mundial, Okinawa fue escenario de algunos de los combates más duros de la guerra del Pacífico, y por toda la prefectura todavía pueden verse monumentos y vestigios de aquellos enfrentamientos.

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Ruinas del castillo de Nakagusuku en la prefectura de Okinawa, Japón. © beauty-box / Shutterstock

Un modo perfecto de acercarse a la cultura indígena de Ryūkyū es descubriendo su arte popular. Hay shīsã (leones guardianes de cerámica) sobre los tejados o a la entrada de viviendas y comercios. Y si se profundiza un poco, se conocerá el significado de la palabra bingata, un tipo de teñido de tejidos basado en la técnica de reserva, que muestra bellas decoraciones con motivos inspirados en la naturaleza y el mar, muy presentes en los kimonos, especialmente durante la temporada de festivales. Pero la expresión cultural que más me llama la atención es el min'yō (música tradicional), melancólico y lleno de lirismo, acompañado por el sanshin, un laúd de tres cuerdas. Escucharlo es como viajar de inmediato a un tranquilo pueblo costero; de hecho, estoy segura que, tras oír sus notas, más de uno querrá permanecer más tiempo del previsto de la isla.

No te vayas sin...

Probar especialidades locales como el refrescante zumo de shikuwasa; el beni imo, un boniato morado; el gōya champuru, un salteado de melón amargo, tofu, cerdo y huevo; o el umi budo (“uvas de mar”), un tipo de alga que estalla en la boca como si fuera caviar. 

Practicar esnórquel en aguas de un intenso color turquesa para ver arrecifes de coral y, con un poco de suerte, avistar mantarrayas y tortugas marinas. 

Visitar algunos de los vestigios del Reino de Ryūkyū, como el Shuri-jō, del s. xiv, o las ruinas del Nakagusuku-jō.

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