Las islas y penínsulas de Grecia son la puerta de entrada perfecta al mar Egeo y al fascinante mundo que se esconde bajo su superficie: un paraíso para el buceo entre pecios y cuevas, fruto de siglos de exploración marítima. Del mismo modo que la Acrópolis de Atenas rinde homenaje al legado de la Antigua Grecia, cada tramo de costa cuenta su propia historia sobre las personas y la vida marina que han encontrado aquí su hogar.
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✩ Otra forma de descubrir Grecia.
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Creía saber cómo era el color “azul profundo”… hasta que aprendí a bucear. Fueron los vibrantes arrecifes de coral los que me animaron a obtener la certificación Open Water y, como tantos otros buceadores y aficionados al esnórquel, empecé a organizar mis viajes en torno a destinos tropicales famosos por sus coloridos ecosistemas. "¡Que empiece el desfile de colores!", me dije.
Pero Grecia me sedujo con su paleta de intensos azules cobalto, índigo, zafiro y turquesa que se fundían a medida que descendía hacia un mundo que muy pocas personas tienen el privilegio de contemplar en libertad: un curioso pulpo extendiendo uno de sus tentáculos; un lenguado perfectamente camuflado desvaneciéndose bajo la arena; estrellas de mar aferradas con todas sus fuerzas al fondo; y los espinosos y venenosos peces león, una especie invasora en el Mediterráneo, acosando a la fauna autóctona. Bajo el agua, el mundo griego rebosaba de vida, tanto como en la superficie de sus islas.
Unos buceadores exploran un avión de combate de hélice hundido de la Segunda Guerra Mundial en el lecho marino del mar Egeo, isla de Naxos, Grecia. © Sven Hansche/Shutterstock
Aprender a mirar bajo el agua
En La Canea, en Creta, descendí hasta 10 m de profundidad junto a la leyenda local Papakastrisios Spiros, descubridor de muchos de los puntos de inmersión de la isla gracias a años explorando la costa a nado. Hoy, ya cumplidos los 60 años, dirige junto a su extensa familia el sencillo centro de buceo Blue Adventures, donde forma a nuevas generaciones de submarinistas, entre ellos, yo misma. Al día siguiente de obtener mi certificación PADI Advanced Open Water lo seguí a través de un túnel submarino, cogido de la mano de mi compañero de inmersión, en mi primera experiencia de buceo en una cueva. El miedo inicial se transformó en pura emoción cuando llegamos a una cámara iluminada únicamente por nuestras linternas, rodeados de estalactitas y estalagmitas, formaciones calizas moldeadas durante millones de años. Era la Cueva del Elefante, llamada así por los huesos fosilizados de elefantes que descansan en su interior. ¿Cómo habían llegado hasta allí, tan lejos de sus parientes africanos y asiáticos? También aquel lugar había sido una vez su hogar, o mejor dicho, el de sus ancestros prehistóricos, mucho antes de que los continentes y los mares adquirieran la forma que conocemos hoy.
Posidonia oceanica, conocida comúnmente como hierba de Neptuno o alga de las cintas del Mediterráneo. © muratinan / Shutterstock
El otro patrimonio del Mediterráneo
A medida que transcurrían mis 10 días de viaje, cada vez tenía más claro que yo no era más que una simple invitada en este vasto mundo submarino. Al nadar sobre los pecios del Mitilini y del Panagis –dos cargueros hundidos frente a las costas de Calcídica, cerca de Tesalónica, y del islote de Fleves, junto a Atenas–, sentía que estaba visitando no solo otro país, Grecia, sino otra dimensión, donde todo lo construido por el ser humano había pasado a formar parte del fondo marino. Bancos de peces atravesaban una hélice cubierta de algas y gruesos gusanos de fuego (Hermodice carunculata), parecidos a orugas peludas, salpicaban las proas hundidas.
También está la posidonia, una planta marina endémica que captura carbono, protege a los peces jóvenes y da sustento a diminutos organismos provocando un enorme impacto positivo en el ecosistema. Su nombre científico es Posidonia oceanica, aunque los habitantes de la zona la conocen como la “hierba de Poseidón” y también como el “pulmón del Mediterráneo”, porque devuelve oxígeno a un mar que tanta falta tiene de él.
Ahora, mecidas por la corriente en algún punto frente al pueblo de Plakias, crecen algunas matas de posidonia que yo misma ayudé a plantar. Fue mi forma de agradecer el haber podido visitar ese mundo mágico. Llegué a Grecia sabiendo bucear; me marché comprendiendo por qué buceamos.
No te vayas sin...
Colaborar en un proyecto de recuperación medioambiental. Yo participé en una iniciativa de conservación de las praderas de posidonia frente a la playa de Souda, pero existe un amplio abanico de opciones, con lo que se puede elegir la que más motive.
Probar el auténtico yogur griego, un desayuno diario que me dio la energía necesaria para enlazar inmersión tras inmersión sin que el estómago se me revolviera debajo del agua.
Contemplar la puesta de sol sobre el templo de Poseidón, en el cabo Sunio, dedicado al dios griego del mar, el broche perfecto para un viaje de buceo.