Es fácil adivinar por qué Alaska es conocida como la “última frontera” al sobrevolar este inmenso territorio de glaciares, bosques y montañas. El estado más grande de EE UU es también el más agreste: apenas un 20% de su territorio es accesible por carretera, por lo que no hay mejor manera de contemplar este sobrecogedor rincón del norte que desde el aire, en un vuelo panorámico.
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✩ La mejor forma de descubrir Alaska
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Glaciares, montañas y fiordos a vista de pájaro.
Desde la distancia, las laderas parecen salpicadas de rocas blancas. A medida que nos acercamos, me doy cuenta de que esas manchas claras son en realidad cabras montesas. Levantan la vista con una curiosidad tranquila mientras el helicóptero avanza lentamente sobre el valle. Llego a contar más de una docena antes de perder la cuenta, justo cuando el piloto comenta por los auriculares: “En el primer vuelo de hoy hemos visto 26”. Después dirige mi atención hacia el inmenso río helado que se extiende bajo nosotros: “Ese es el glaciar Bear, el más grande de los fiordos de Kenai”. Este coloso se prolonga a lo largo de unos 20 km, desde su cabecera, cerca del inmenso campo de hielo de Harding, hasta su frente, en el extremo de Resurrection Bay, al sur de Seward.
Haciendo paddle en el lago Bear, en el Kenai Fjords National Park. ©James + Courtney Forte/Getty Images
Aún más deslumbrantes que el propio glaciar son los icebergs flotantes, de todas las formas y tamaños imaginables, que brillan como joyas sobre las tranquilas aguas verdeazuladas que los rodean. Por la ventanilla derecha del helicóptero distingo un pequeño grupo de kayakistas remando entre estas esculturas de hielo. Desde esta privilegiada perspectiva, el mundo que se extiende bajo nosotros queda reducido a un juego de formas y colores: el verde de las montañas parece terciopelo; los lagos alpinos, rodeados de cumbres salpicadas de nieve, lucen un azul eléctrico con la intensidad del Caribe.
Seguimos la línea de la costa, sobrevolando varios glaciares más antes de girar hacia el interior para enfrentarnos a los picos que se elevan sobre el litoral. La selva templada cubre los valles como una densa alfombra de árboles perennes. Instantes después aparecen ante mí escarpadas cumbres de granito que sobresalen por encima de amplios campos de nieve aferrados a las laderas; en un abrir y cerrar de ojos, entramos en un paisaje alpino que muy pocos visitantes llegan a contemplar en este remoto rincón de Alaska.
Pocos lugares del mundo son tan propicios para los vuelos panorámicos como Alaska. Uno de los grandes atractivos de Anchorage es Lake Hood, la base de hidroaviones más transitada del planeta. Ver cómo aceleran sobre el agua y despegan rumbo a los rincones más remotos del estado ya resulta emocionante, aunque vivir la experiencia a bordo multiplica esa sensación.
Turistas caminando por el Glaciar Pika en el Denali National Park. © Claude Huot / Shutterstock
Un recuerdo para toda la vida
En la península de Kenai sentí una auténtica descarga de adrenalina al sobrevolar montañas, bosques y glaciares en una sola excursión. En otras zonas del estado es posible rodear la montaña más alta de Norteamérica mientras se sobrevuela la inmensidad salvaje del Denali National Park. Más al sur, se puede viajar en una avioneta de montaña para observar a los enormes osos pardos dándose un festín de salmones en las Brooks Falls, dentro del Katmai National Park. Y si alguien quiere una experiencia todavía más completa, tiene la oportunidad de combinar el vuelo con una aventura al aire libre: tras aterrizar sobre el campo de hielo de Harding, puede montarse en un trineo tirado por perros, o recorrer en kayak una laguna glaciar antes de contemplarla nuevamente desde el aire.
Los vuelos panorámicos en Alaska no son baratos, pero tampoco son fáciles de olvidar. Después de mi vuelo me quedé junto al helipuerto viendo cómo una familia bajaba de otro helicóptero. Se miraban entre ellos con enormes sonrisas, intentando encontrar las palabras para describir la experiencia, casi espiritual, que acababan de compartir. “Recordaremos este día para siempre”, me dijo Tirth, un ingeniero informático afincado en Seattle. “¡Ha sido el viaje de nuestra vida!”
No podría estar más de acuerdo.
No te vayas sin...
Calzarse las botas y salir de excursión hasta un mirador sobre los glaciares en el Kenai Fjords National Park o atreverse a emprender la exigente ascensión al campo de hielo de Harding.
Recorrer en kayak una laguna glaciar con Liquid Adventures, o reservar un crucero de avistamiento de fauna con Major Marine Tours, ambas empresas con base en Seward.
Celebrar la aventura con un festín de marisco y pescado fresco, desde salmón salvaje de Alaska y delicado fletán hasta una contundente sopa de marisco o unas exquisitas patas de cangrejo real.